La atención centrada en la persona y los cuentos de hadas

Era el verano del año 1996 cuando por primera vez oí hablar de personas y no de pacientes. Oí hablar de autonomía del paciente, de preferencias, de opinar de las opciones de tratamiento, de elegir el destino de cada uno de nosotros… de ser feliz desgranando tus opciones de futuro antes que estar seguro (quizá falsamente seguro) cuando los profesionales eligen por ti.

Yo era un joven residente de la especialidad de geriatría y estaba rotando en el St. George’s Hospital de Londres. En esos años yo estaba formándome en el Hospital Clínico de Madrid y rotaba, durante unos meses, en un hospital similar de Londres. Hospitales enormes con grandes unidades de investigación, donde lo importante es investigar y publicar muchos artículos en revistas científicas y tener nombre entre tus compañeros (nombre que crece cuantos más artículos publiques, aunque no sean importantes para el bienestar de tus pacientes). Hospitales donde es más importante el catedrático que el paciente.

En ese hospital conocí al Peter Henry Millard. Él era el catedrático de geriatría de la Universidad de Londres y Jefe del Servicio de Geriatría del St. George’s Hospital. Había sido presidente de la potente sociedad británica de geriatría hasta sólo unos meses antes. Un geriatra todopoderoso en el mundo científico y en la sociedad londinense.

Pero Peter era mucho más: una persona enamorada de las personas, a la que le agradaba el senderismo y los cuentos de hadas… ¡No me lo creía cuando me lo dijo por primera vez!… ¡Los cuentos de hadas!

Y, como en un cuento de hadas, me condujo a un escenario que no he olvidado nunca en mi vida profesional: has de ser muy bueno científicamente, pero muy comprometido personalmente. Hacer lo que toca y hacerlo porque toca. Y ver que delante no tienes un paciente, sino una persona con todo su contexto, siempre. Y que tu papel es facilitar, no ordenar. Y que has de escuchar más que hablar. Y ceder. Y comprender. Y disfrutar de que el mundo esté formado por personas diversas y libres.

Peter (el profesor Millard) me enseñó que podemos aprender mucho de los cuentos de hadas. Todos ellos nos dicen que es posible soñar, y que los que trabajamos con personas debemos buscar eso que hay más allá de los protocolos y la ciencia: la esencia de cada uno de nosotros. Que es personal e intransferible. Única.

Y ese es un camino difícil que hay que recorrer para ser único y diferente en los cuidados.

El reto que plantea la atención centrada en la persona.

Un sueño. Un cuento de hadas.

Una meta realista al fin.

¿Alguien piensa que los cuentos de hadas no son reales?

 

José Augusto García Navarro, director general del CSC

 

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